16 de marzo de 2009

Bendita Neuquén - Semana Santa en Neuquén


20:18 Hrs.

Por Natalia Iscaro*
Para Suplemento de Turismo del diario PERFIL
Publicado el Sábado 14 de marzo de 2009

El sol se oculta mientras la camioneta recorre los 376 kilómetros que van desde la ciudad de Neuquén hasta Copahue. Ya entonces comienza a palpitarse la heterogeneidad que nos dibuja nuestro mapa de ruta. Copahue, Caviahue y Villa Pehuenia, tres localidades que sabrán engarzarse para revelar una historia, geografía y cultura tan diversas como renovadoras. Un mix sencillamente irresistible.

Amanecer en Caviahue

Bien entrada la noche, la Hostería Hualcupen es la primera puerta amiga que se abre para dar reparo a los sueños profundos, no sin antes disfrutar de una merecida panzada (la primera de tantas) generosa en fiambres y pastas, de ésas que sólo se paladean en el sur. No faltan los vinos locales, con algunas de las etiquetas que también se lucen en los anaqueles de las vinotecas porteñas.

Copahue, atómico y sulfuroso

Copahue (en mapuche, “lugar de azufre”) es zona de termas. Al pie de la Cordillera de los Andes y a 2.000 msnm, la Tierra enseña sus entrañas en forma de afluentes que emanan gases y líquidos burbujeantes. Son la delicia de quienes gustan del turismo termal y, también, de quienes disfrutan de las historias y leyendas, que por estos pagos se cuentan por decenas. Están las que hablan del presidente argentino Juan D. Perón, amigo de los baños termales neuquinos porque –se decía– tenían niveles inusualmente altos de agua pesada y eran ricos en uranio. Ante esta revelación, Perón delegó al coronel González el mando del Ejército en la zona de Los Baños, hacia 1950. González se convirtió en jefe del Servicio Atómico Argentino, en la isla Huemul. Como si fuera poco, el potencial atómico de la zona alcanzó los oídos del mismísimo Hitler, quien se refería con envidia a este rincón austral americano.

Complejo de Balneoterapia y en primer plano Laguna Sulfurosa

Con estos dichos deambulando en la conciencia, a la mañana siguiente arribamos al complejo turístico, dentro del Parque Provincial Copahue. A la estructura principal de 6.000 m2 se suman los baños externos, lagunas y manantiales. En la puerta nos aguarda la Dra. Ana Monasterio, directora provincial del Servicio Médico, junto a la cual recorremos las instalaciones. “Esta es una de las termas más importantes del mundo, porque en escasos 2 km de diámetro existen recursos para un amplio espectro de opciones terapéuticas: fangos sulfurados, más de 34 tipos de algas, tres lagunas diferentes en su composición físico-química, y siete materiales de distinta mineralización y composición química”, explica.

Fueron los indios tehuelches los primeros en descubrir que estas emanaciones del subsuelo tenían virtudes curativas, y no se privaban de los baños. Eso sí: por si acaso, antes le hacían una ofrenda a Arún-Co, el dueño de las termas. Hoy, los amarronados y verdosos tiñen tratamientos para diagnósticos que van de la psoriasis y faringitis, hasta caída del cabello y depresión. El relax y la belleza también son de la partida, en reparadoras jornadas de uno o dos días. Entre los habitués del centro se cuenta Julio Bocca. Después de un relajante tratamiento facial (de algas o fango, según), difícil no darle la razón.

En la parrilla del pueblo, el almuerzo con más demanda es el chivito a las brasas, y de postre, copón de frutas del bosque, una de esas pocas delicias que, aquí, no requieren aderezos. Más tarde, con la panza contenta, un recorrido por la ciudad arroja más datos. Copahue aloja a 300 personas durante el verano, pero sólo la mitad vive aquí. La ciudad sobrevive gracias a las termas, que comenzaron a explotarse durante la década del 60, cuando apareció el primer hotel por impulso del gobierno estatal. En invierno, una nieve hercúlea se apodera del paisaje, cubriendo casi, casi hasta los techos. Imposible partir con las manos vacías: entre las artesanías se destacan la platería y los textiles con lana de oveja y tintes naturales, todo con motivos mapuches.

El pueblo nieve

La ruta aguarda. O mejor, Caviahue (“lugar de fiesta”), 19 kilómetros al sudeste y a 1.600 msnm. Durante el invierno, los lugareños se mueven de acá para allá en esquí, snowboard, o algunas versiones remozadas que los porteños sólo podemos imaginar. Los moradores hablan de su pueblo-nieve, nombre que le calza como anillo al dedo. Llegamos justo para una cena imperdible de jabalí, ciervo y chivo.

Lago Caviahue y el volcán Copahue en el fondo

Por la mañana, contemplamos con mayor claridad el lago muerto que se ubica frente al hotel. Es uno de los cinco ácidos en el mundo. Su cualidad más destacable es el efecto espejo de las casitas en la base del valle, donde está el pueblo. Bien arriba, a lo lejos se observa el volcán Copahue, con pinceladas de nieve. “El cráter es argentino, porque la división de límite con Chile en esta zona es la altura”, nos explica Cristian, el guía que llega por la mañana para arrearnos en la cabalgata por el volcán. Antes pasamos por la cabañita de Maxi y Jimena, un sitio de engorde y de cría de huskies para el invierno, donde además se vende cerveza y mermelada artesanales. Por el camino, aparece una vegetación achaparrada por la altura (variedades como el coirón y el ñire), y moles de roca rojiza por el óxido de hierro, que también predomina en el Salto del Agrio, una caída de 45 metros, y parada obligada en el camino. Nuestro destino debe su denominación a un cacique, cruel luchador que murió en batalla, y cuyos restos fueron sepultados en el volcán que tomó su nombre.

La trouppe montada finalmente parte. El paisaje se lleva todos los laureles, el sentido de aventura nos contagia de valor. Llegamos a la cima, tras quince minutos a pie sobre ceniza volcánica, algunos casi sin aire por la altura. Una vez allí, sobre un fondo de picos negros, un manto de nieve deja al desnudo sus capas sucesivas; en el centro, un gran lago blanco. Ahí nos quedamos, rumiando sorpresa y disfrutando el sabor de ese hallazgo que luego será relatado una y otra vez de regreso a casa.

Como corresponde, el almuerzo tiene como telón de fondo a los picos y fenómenos geográficos que se observan desde aquí (el cerro Mesa, las lagunas Mellizas, etc.), y el sonido de las espuelas contra la roca. Listos los caballos, emprendemos el descenso. Basta pisar nuevamente la tierra firme (tras seis horas y media montados), para comprobar que los citadinos mutamos considerablemente la forma de andar. Los locales, en cambio, celebran el ritual que reviven una y otra vez. Que así sea.

En el Hotel Lago Caviahue, la merienda viene con struddel con fama propia: está hecho por Raúl, un mapuche de la zona, y es impagable. A la salida, el circuito Pehuenia nos conduce hasta la localidad de Las Lajas. Una manada de ovejas sorprende en el camino, y las fotos se imponen.

Araucarias en Pehuenia

Frente al lago Aluminé –que transmite una calma indescriptible– de un lado y otro la montaña se camufla de una vegetación tupida. Como salpicadas, las casitas se dejan ver de cuando en cuando, erigidas sobre altos pilotes pensados especialmente para la geografía. La madera muestra sus nudos y vetas, desnuda de tronco: es el pino ponderosa, conífera económica que abunda en la zona y es especialmente utilizada para la construcción. Un paisajista riguroso observará que no faltan el maitén ni el ciprés. Y, claro, la araucaria.

Paisaje típico de Villa Pehuenia con el Pehuén o Araucaria araucana

Un breve trayecto rodado conduce hasta La Escondida. Su construcción balconada se observa desde el lago, en los codiciados paseos en velero, una de las perlitas de la zona. Incluida en las guías de viaje más sofisticadas, esta posada ofrece una decoración a la altura de su dueña, Graciela, una artista plástica que nos ofrece una guía mientras relata cada detalle. Fue la preparación perfecta para el rafting, a lo largo de 50 km, por el curso inferior del río Aluminé. Uniformados con casco y salvavidas subimos al gomón, tras la charla explicatoria de Martín, nuestro guía. En esta zona el nivel de dificultad es dos (de un total de seis), y desde un comienzo da la sensación que Martín tiene más dominio del bote que el resto de nosotros cuatro remando. Hay risas, temores contenidos, chapuzones y más risas. Todo un éxito de la navegación aventura. Para reconfortar los ánimos exploratorios, la cena es fondue de queso patagónico. Placer para todos los sentidos.

Impertérrito, el volcán Batea Mahuida aguarda por la mañana siguiente. Alejandro nos conduce en su 4 × 4 entre un bosque tupido y nos muestra cada cumbre, con nombre, historia y apellido. “El turismo acá se profesionaliza cada vez más”, relata, mientras ofrece un abanico de alternativas para el verano y Semana Santa: paseos en lancha y en kayak, pesca embarcada (trolling), pesca con mosca y excursiones a las cinco lagunas en territorio mapuche; en la zona cercana de Moquehue, canopy (tirolesas entre árboles) y caminatas interpretativas. Un bosque tupido que regala visiones encantadoras con historias de los mapuches, que regentean el parque de esquí con restaurante en la base, a 1.800 msnm.

De vuelta en la villa, emprendemos el regreso a Neuquén, para tomar el avión. En camioneta, el último tramo es un balance sobre el viaje, entre araucarias y pehuenes, un recurso único en el mundo, que aquí –en el sur de la Argentina– todavía florece.

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*Todas las opiniones e informaciones vertidas en la presente nota son responsabilidad del autor



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