15 de abril de 2009
La escondida belleza de Villa Traful
12:04 Hrs.
Por María Sol Porta*

Ciertos lugares se olvidan pronto. Otros dejan al viajero lleno de recuerdos imborrables. Por último están aquellos que convierten a sus visitantes en miembros de una cofradía secreta, que ha visto la maravilla con sus propios ojos y casi no tiene palabras para contarla. Escondida en medio del parque Nacional Nahuel Huapí, apenas 100 km al norte de Bariloche, la pequeña localidad neuquina de Villa Traful es uno de esos destinos. Ya en 1800 los mapuches llevaban a pastar su ganado por esos parajes, pero la villa nació en 1936, cuando se autorizó la venta y loteo de algunas pocas tierras en esa zona del parque. Hoy es un hermoso poblado, de no más de medio millar de habitantes, que se debate entre un probable futuro de pequeña meca turística y su presente como paraíso secreto, que la mano del hombre aún no le arrebató a la naturaleza.
Perfecta armonía
El lugar todavía es una aldea de montaña perdida en un entorno verde y azul, apenas interrumpido por el perfume de los rosales o el intenso amarillo de las flores de amancay. La villa crece sobre la margen sur del lago Traful y todo, desde el muelle hasta las casas desperdigadas y la capilla, se integra al paisaje. Para llegar hay que recorrer 34 km de ripio que separan la localidad de la ruta 237. Durante la mitad del trayecto, el río Traful que corre junto al camino es una presencia amistosa en medio del silencio del viaje.
Vale la pena detenerse en el Mirador del Traful, no muy lejos de la villa. En ese punto, una pasarela de madera lleva hasta el extremo de la roca tallada por el antiguo glaciar que dio forma al valle. Abajo, en el medio de un abismo de más de cien metros, la superficie azul del lago refleja la silueta agreste de la cordillera.
Paseos y recorridos
Los viajeros llegan a la villa atraídos por la leyenda de sus paisajes, la tranquilidad de sus cámpings o la certeza de una buena pesca. Por la calle de ripio que bordea el lago aparecen las primeras construcciones en madera y piedra: cabañas, hosterías y alguna que otra casa de té, que por las tardes se inunda de aromas de chocolate y frutos rojos. El camino sigue hasta un muelle de madera que se interna de a poco en las aguas cristalinas del lago.
A continuación están la plaza Primeros Pobladores, un puesto sanitario y la Comisión de Fomento. Cerca, una escalerita lleva ladera arriba hasta la Capilla Nuestra Señora de Villa Traful. Hecha de madera, con techo a dos aguas y rodeada de arbustos de lavanda y rosas, la pequeña iglesia es una muestra más del sencillo encanto que da vida al lugar.
Alrededor, el frondoso bosque andino patagónico es el mejor escenario posible para las caminatas y paseos a caballo. Desde Pampa de los Alamos se llega, por un sendero protegido por cipreses, coihues y maitenes, a las cascadas de los arroyos Blanco y Coa Co. Para los fanáticos del trekking, el camino que conduce desde la villa hasta lo alto del Cerro Negro y desciende por el Cerro Penitente proporciona una aventura de día entero.
A medida que el recorrido gana en altura, el bosque queda atrás y por fin, luego de una ladera rocosa, se llega al mirador que ofrece una de las vistas más hermosas desde las orillas del lago a la cumbre nevada del volcán Lanín.
También hay que destacar las excursiones por el lago en lancha desde el muelle hacia la margen norte, donde la cordillera cae sobre el agua en forma de abruptos acantilados. Entre grutas naturales, sobresale una estatua de la virgen Stella Maris, protectora de los pescadores. La travesía por ese espejo es inolvidable y más para los que bucean. Sobran las razones para volver a Villa Traful.
Un paisaje a cada paso
Hay lugares que demandan cuatro horas de caminata en subida sorteando toda suerte de obstáculos para, finalmente, acceder al mirador que prometía la más maravillosa de las vistas. Entonces, al llegar, uno respirará profundo para reponerse, tomará una fotografía de rigor y se resignará a desandar el inhóspito camino. No es el caso de Villa Traful. Por el contrario, cada paso por la aldea de montaña neuquina es un mirador al lago hipnótico rodeado de montañas imponentes. Hasta las aves vuelan con delicadeza, como para no alterar la armonía. A veces azul, a veces verde esmeralda, el lago Traful me susurra siempre la misma pregunta: ¿Por qué debo irme?
Ver nota en el diario Clarín.com
*Todas las opiniones e informaciones vertidas en la presente nota son responsabilidad del autor
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