11 de mayo de 2009
Viaje a la Patagonia profunda
12:40 Hrs.
Por Alfredo Alcará*
“Bienvenidos a Los Bolillos” exclama con cierta suficiencia el guía local Martín, orgulloso y muy seguro de que se está ante la presencia de un escenario impactante del norte de Neuquén, a 20 km del pueblo de Varvarco. Caprichosas formaciones rocosas de tonos rojizos y amarillos talladas por el viento y el agua reposan en el valle del río Varvarco. Los Monjes es el conjunto de macizos que se divisa apenas la huella deposita la 4×4 en el balcón natural, que no sólo deja apreciar torres, agujas y conos sino también el magnífico cajón del río, salpicado de verde en medio de la aridez.
Los Bolillos es una de las escalas del paseo que se inicia 110 km atrás, en Andacollo. Pero el pueblo que se recuesta sobre la margen izquierda del río Neuquén también tiene lo suyo, como los lavaderos de oro a cielo abierto que comenzaron a ser explotados en 1882 por pioneros chilenos provenientes del original Andacollo, a 54 km de La Serena. Su antigua técnica de lavar el material extraído de la montaña en platos de madera y luego en trapiches aún es usada por los pirquineros, como se conoce a los buscadores de oro del siglo XXI de los cerros Julia y Sofía.
En 2010, este pueblo también conocido por la cría de ganado caprino festejará su centenario. Aquí todavía se practica la trashumancia: a fines de noviembre, unas 1.500 familias llevan sus cabras y chivos a las pasturas verdes que abundan en las zonas altas de la cordillera del Viento y también de la de los Andes.
El viaje – a caballo y en carretas – se extiende más de un mes. En abril, cuando el frío comienza a sentirse en la montaña, los piñeros (por los piños, como se denomina a los rebaños) inician el descenso hacia sus campos, con las pasturas ya crecidas. Es una experiencia única compartir con los crianceros un día de arreo. Algunos paquetes turísticos incluyen el alquiler de caballos y chivito al asador en el camino. Los piñeros son homenajeados durante la primera quincena de enero, cuando en Andacollo se celebra la Fiesta del Veranador.
Entre los pueblos Las Ovejas y Varvarco, vale la pena emprender una caminata guiada de dos horas hasta el Parque Arqueológico de Colo Michi Co.
Los expertos estiman que los grabados sobre unas 600 piedras fueron obra de los pehuenches, anteriores a la influencia araucana o mapuche.
El mirador de La Puntilla
Por la ruta 43, no se puede pasar por alto el mirador de La Puntilla, cuyas pasarelas que se internan hasta el borde del precipicio dejan ver cómo el río Neuquén serpentea entre la montaña. Más adelante, el camino de ripio conduce a Varvarco, un pueblo que se promociona como “La puerta del Domuyo”, el pico más alto de la Patagonia, con 4.709 msnm. Este imponente volcán, casi en el límite con Mendoza, es el objeto de deseo de los montañistas, a quienes se los cruza seguido cargando sus mochilas.
Si hasta Los Bolillos el camino era una aventura en sí mismo, por sus curvas y contracurvas al borde de la cornisa, desde allí esa sensación se multiplica, y recién se apacigua cuando el guía Martín promete el mejor de los paisajes en cada parada. Y no defrauda para nada. La postal que regala el Cajón de Atreuco es conmovedora. Un arroyo surca las laderas, para perderse luego entre dos enormes paredones que apenas le abren paso.
Manifestaciones termales en Los Tachos

Los Tachos es otro de los puntos que el guía adelanta como “increíble”. Para comprobarlo, hay que caminar 20 minutos por un sendero que bordea la montaña de más de 2.250 m. Mientras uno trata de pisar con firmeza, con la barranca a un costado, de pronto alguien trasmite a grito pelado su asombro a todo el grupo. Desde la improvisada platea se distingue un par de columnas de humo, que hacen apurar el paso para descender hasta el turbulento lecho del arroyo Covunco. Hay que cruzar un puente hasta la otra orilla para buscar la mejor foto bajo el vapor y, bien de cerca, tratar de comprender cómo surgen estos géiseres escondidos. Desde lo profundo de la tierra y entre las piedras surgen chorros de agua casi hirviendo, que luego de elevarse más de 3 metros se mezclan con el arroyo frío y forman un piletón de burbujeantes aguas.
Siguiendo con la vista el andar lecho arriba del Covunco, una pequeña humareda es la señal de otro géiser. Siempre dentro del Area Natural Protegida Domuyo, la Villa Aguas Calientes es un remanso perfecto. A poco más de una hora de Varvarco y a 18 km de Los Tachos, el relax está asegurado con chapuzones en estos templados piletones naturales que se nutren de las vertientes de la montaña. Y todo rodeado por un inolvidable paisaje.
Ver nota en el diario Clarín.com
*Todas las opiniones e informaciones vertidas en la presente nota son responsabilidad del autor
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